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Contemplaciones sobre la Maternidad tradicional
En una época que ha reducido a la mujer a un mero engranaje productivo más, en este artículo trataremos de entender lo que representaba la maternidad en la Antigua Grecia. Al hacerlo, buscamos comprender el papel decisivo que asumieron nuestras antecesoras: mujeres que sostuvieron la continuidad de la civilización con su cuerpo, su tiempo y su entrega.
Crecí en lo que hoy se tilda de familia conservadora, en un entorno que me empujó a forjar una carrera profesional, a conquistar autonomía propia y a demostrar valía en el universo de las oficinas. Pero mientras tanto, yo soñaba con la maternidad. Jugaba a mamás y a papás, aguardaba cada Navidad una nueva muñeca y escuchaba, como un murmullo, la llamada de mi propia biología. Sin embargo, se me exigieron resultados, metas y rendimiento académico; me prometieron plenitud y realización a través del empleo. Casarme y formar una familia, sí, pero lejos del cuidado diario de mis hijos. Delegar su educación en otros y aceptar sin rechistar que estos ocuparan mi legítimo lugar, despreciando o infravalorando incluso la propia posibilidad de un camino distinto.
Todo se derrumbó el día en que sostuve a mi primer hijo. Entonces comprendí la falsedad de aquella narrativa. Dar a luz se alzó ante mí como el acto heroico supremo al que yo como mujer podía aspirar por naturaleza. Porque que la mujer encarne la custodia de la vida, del amor y de la unidad comunitaria responde a una lógica esencial. En aquel momento no era capaz de ponerlo en palabras, pero lo supe con certeza: mi vida acababa de transformarse para siempre. Había alcanzado una plenitud que me permitía, incluso, morir en paz. Criar a un hijo exige una responsabilidad inmensa, una entrega total y el abandono consciente del personaje que una fue años atrás.
Porque en nuestros hijos late el futuro de nuestro pueblo. Y por eso, la mujer se yergue también en parte como madre del Estado, como guardiana del bienestar de su linaje, como energía vital que mantiene viva la cadena ancestral. Junto a la figura del padre de familia, ambos encarnan el principio mismo de la vida comunitaria y la continuidad del pueblo. ¿No reside ahí el verdadero significado de un empoderamiento femenino? Un papel real. Un lugar eterno en el Orden cósmico.

Aún hoy me abruma lo importante que soy para mis hijos. Nunca antes había sentido ese amor, esa admiración tan auténtica. La maternidad es responsabilidad y gratitud; exige presencia y obliga a relegar aquello que un día creíamos esencial y relevante. Supone dar un paso más allá, cruzar un umbral e iniciarse en la virtud de la vida en su sentido más alto. Ser madre reclama valentía, fuerza y coraje. No es tarea fácil, y es comprensible que a algunas mujeres les infunda temor. Pero no permitamos que el miedo ni la comodidad dicten quiénes somos. Recordemos el sacrificio y el amor de las madres que nos precedieron. De ello depende nuestro porvenir biológico y el buen hacer de los que vendrán.
El Rol
El rol de la madre en la antigua Grecia se encontraba definido de manera casi exclusiva por su participación en el oikos, entendido no solo como el espacio doméstico, sino como la unidad básica de reproducción económica, social y simbólica de la comunidad cívica, y por su capacidad para garantizar la continuidad del linaje mediante la procreación legítima. En este marco, la maternidad era concebida como la función primordial de las mujeres libres1, hasta el punto de que el matrimonio se articulaba ideológicamente como un dispositivo orientado a la “siembra” de descendencia legítima, es decir, a la producción de herederos capaces de asegurar la transmisión patrimonial, el culto familiar y la estabilidad del cuerpo ciudadano.
Desde esta perspectiva, la madre constituía un elemento indispensable para la continuidad de la familia y, de manera indirecta pero estructural, para la estabilidad del Estado. En el caso ateniense, la legislación sobre la ciudadanía promulgada en época de Pericles, en 451/50 a. C., estableció que solo aquellos nacidos de padre y madre atenienses podían ser reconocidos como ciudadanos plenos, lo que otorgó a la maternidad un peso político implícito al convertir a la mujer en garante biológica de la identidad cívica.
Aunque las mujeres estaban excluidas de los derechos políticos y de la participación directa en la esfera pública, dentro del ámbito doméstico la madre ejercía una autoridad significativa y socialmente reconocida. Era responsable de la custodia y administración de los recursos del hogar, supervisando el trabajo de los esclavos, gestionando los almacenes y garantizando el equilibrio económico cotidiano del oikos, una función que las fuentes describen a menudo mediante metáforas de orden y centralidad. Asimismo, asumía la crianza de los hijos durante los primeros años de vida y la transmisión de saberes prácticos y morales, especialmente en el caso de las hijas, a quienes instruía en tareas como el hilado y el tejido, actividades cargadas de un fuerte valor simbólico en relación con la feminidad y el orden doméstico.
Este modelo general conocía variaciones regionales significativas, como en Esparta, donde la prolongada ausencia de los varones debido a la guerra otorgó a las madres un margen de autonomía considerablemente mayor, tanto en la gestión de los hogares como en el control efectivo de las propiedades, lo que se traducía en una presencia social más visible que la de sus homólogas atenienses.
La dimensión ritual y religiosa constituía otro eje fundamental del papel materno, ya que las mujeres desempeñaban funciones esenciales en los ritos que marcaban los momentos liminares de la existencia. En el contexto del nacimiento, participaban activamente en ceremonias como la anfidromía, mediante la cual el recién nacido era integrado en el culto familiar y reconocido simbólicamente como miembro del oikos. En el ámbito funerario, recaía tradicionalmente sobre las mujeres de la familia la preparación del cadáver, que incluía el lavado, el ungido y el vestido, así como la conducción de los lamentos rituales, prácticas que, aunque posteriormente reguladas por la legislación cívica, revelan la centralidad femenina en la gestión de la muerte.
A ello se suma la participación en festivales religiosos de acceso restringido, como las Tesmoforias, reservadas a mujeres casadas legítimamente, donde se celebraba la fertilidad y se reforzaba el estatus social de la maternidad como condición necesaria para la reproducción del orden cívico.
Las fuentes literarias y retóricas permiten entrever la existencia de vínculos afectivos intensos entre madres e hijos. La tragedia, en particular, explora de manera recurrente la fuerza del lazo materno y su potencial para desestabilizar las normas sociales, mientras que en los discursos judiciales los oradores apelan con frecuencia al bienestar, la dignidad y el sufrimiento de las madres como recursos persuasivos dirigidos a jurados masculinos. Este uso retórico revela que, aun privadas de voz pública, las madres ocupaban un lugar central en la economía moral de la polis, de modo que su honor y su protección funcionaban como pilares simbólicos del orden masculino.
Atenas versus Esparta
Como hemos señalado brevemente en el apartado anterior, la maternidad en la antigua Grecia, aun compartiendo en términos generales el objetivo fundamental de producir herederos legítimos capaces de asegurar la continuidad del linaje y del orden cívico, adoptó formas profundamente divergentes en Esparta y Atenas, diferencias que se manifiestan con especial claridad en la preparación física de las mujeres, en el grado de autoridad ejercida dentro del oikos y en el nivel de intervención del Estado en los procesos reproductivos y educativos.
En lo relativo a la preparación corporal y a la concepción de la salud materna, el contraste entre ambos modelos resulta particularmente elocuente. En Esparta, el Estado imponía a las niñas un régimen sistemático de entrenamiento físico que incluía carreras, lucha y disciplinas atléticas2 como el lanzamiento de disco y jabalina, bajo la convicción de que solo mujeres fuertes y sanas podrían engendrar hijos vigorosos y aptos para la guerra.
Esta concepción eugenésica de la maternidad se reflejaba también en la edad del matrimonio, ya que las espartanas solían casarse únicamente cuando alcanzaban una madurez física plena, en torno a los dieciocho años, lo que se consideraba esencial para soportar con mayor solvencia los riesgos del embarazo y el parto. En Atenas, por el contrario, predominaba un ideal de reclusión y sedentarismo femenino, según el cual las niñas debían pasar su juventud bajo una estricta supervisión doméstica, viendo y oyendo lo menos posible con el fin de preservar su modestia y su virtud.
Esta visión se traducía en matrimonios tempranos, frecuentemente concertados apenas alcanzada la pubertad, en torno a los catorce o quince años, lo que subraya una menor preocupación por la salud física de la madre en comparación con la prioridad otorgada a la reproducción temprana y al control social de la sexualidad femenina.
Las diferencias se acentúan aún más en lo que respecta a la autoridad y al control del hogar. En Esparta, la prolongada ausencia de los hombres, dedicados de forma casi permanente a la vida militar, otorgó a las madres un grado de autonomía considerable en la gestión del oikos. Las mujeres espartanas no solo ejercían una autoridad efectiva sobre la vida doméstica, sino que, a diferencia de las atenienses, podían poseer y administrar tierras en su propio nombre, llegando a controlar una parte sustancial del territorio, lo que les confería una influencia económica y social sin parangón en el mundo griego.
En Atenas, en cambio, la madre permanecía legalmente subordinada a un tutor masculino, el kyrios3, durante toda su vida, lo que le impedía realizar contratos económicos relevantes o intervenir de manera autónoma en los asuntos patrimoniales. Su esfera de acción se limitaba fundamentalmente a la gestión interna de los recursos domésticos y a la supervisión de los esclavos, funciones esenciales para la estabilidad cotidiana del hogar, pero carentes de reconocimiento público o jurídico.
El papel del Estado en la crianza constituye otro eje decisivo de divergencia entre ambos modelos. En Esparta, la maternidad se concebía explícitamente como un servicio al Estado, hasta el punto de que la decisión sobre la crianza o la exposición de un recién nacido no recaía en el padre, sino en las autoridades de la comunidad, que evaluaban si el niño era apto para ser integrado en el cuerpo cívico. Además, a partir de los siete años, los hijos varones eran separados de sus madres e incorporados a la agōgē, el sistema estatal de educación y disciplina militar, lo que implicaba una ruptura temprana y deliberada del vínculo materno en favor de la formación colectiva.

En Atenas, por el contrario, la decisión de criar a un hijo pertenecía al ámbito privado del padre, y aunque la madre carecía de poder formal en este proceso, desempeñaba un papel esencial como garante biológica y simbólica de la ciudadanía, especialmente tras la ley de Pericles de 451/50 a. C., que estableció que solo los hijos nacidos de padre y madre atenienses podían acceder a la ciudadanía plena, aunque también es necesario mencionar la visión que plantea Platón en su República y Leyes (siendo este ateniense).
Estas diferencias estructurales se reflejan, finalmente, en la ideología y en el valor social atribuido a la maternidad. En Esparta, las madres eran presentadas como portavoces activas de la ideología militar del Estado, célebres por exhortar a sus hijos a regresar victoriosos o morir con honor en el campo de batalla, y por manifestar un desprecio radical hacia la cobardía, incluso cuando esta se encarnaba en sus propios descendientes. La maternidad espartana se integraba así de manera explícita en el discurso público y en la ética guerrera que sostenía a la polis. En Atenas, en cambio, el ideal de la madre respetable se definía por su invisibilidad pública, de acuerdo con una concepción según la cual su mayor gloria consistía en no ser objeto de comentario alguno por parte de los hombres, ni para bien ni para mal, lo que subraya la relegación simbólica de la maternidad al ámbito estrictamente privado.
Sangre y suelo
El origen étnico de la madre se convirtió en un factor progresivamente decisivo en la definición de la ciudadanía del hijo, de manera especialmente marcada en la Atenas clásica, donde el estatuto jurídico del descendiente pasó de depender casi exclusivamente del padre a exigir una procedencia bilateral estrictamente4 controlada. Este desplazamiento no fue meramente técnico o administrativo, sino que respondió a una transformación profunda de la ideología cívica, en la que la pureza del cuerpo ciudadano se vinculó de forma cada vez más estrecha a la regulación del matrimonio y de la reproducción femenina.
Antes de mediados del siglo V a. C., la ciudadanía ateniense solía derivarse principalmente de la línea paterna, lo que permitía a los varones de la élite contraer matrimonios exogámicos5 con mujeres extranjeras como estrategia para asegurar alianzas políticas, económicas o diplomáticas. Esta situación cambió de manera radical como ya hemos señalado antes. Pericles estableció6 que sólo aquellos nacidos de padre y madre atenienses podían ser reconocidos como ciudadanos de pleno derecho. La posterior restauración de esta ley en 403/2 a. C. consolidó definitivamente el principio de procedencia bilateral, transformando el origen étnico de la mujer en un requisito indispensable7 para la legitimidad política de su descendencia y convirtiendo a la maternidad en un punto crítico de control del cuerpo cívico.
Aunque las mujeres continuaron excluidas de la participación política directa y carecían de voz pública, la legislación periclea las situó en una posición estructuralmente central como canales de transmisión de la ciudadanía. Para que un hijo pudiera ser inscrito en su fratría8, condición necesaria para acceder a los derechos cívicos, el padre debía jurar que la madre era una astē, es decir, una mujer de nacimiento ciudadano, y que el matrimonio se había celebrado conforme al rito legal de la engýē. En ausencia de estos requisitos, el hijo era clasificado como metroxenos9 o nothos, categorías que implicaban la exclusión no solo de la ciudadanía, sino también de los ritos religiosos, de la herencia familiar y de los honores del Estado, lo que equivalía en la práctica a una forma de muerte cívica.
La relevancia del linaje materno fue tal que se convirtió en un arma habitual dentro de la lucha política y judicial. En los tribunales atenienses, la sospecha sobre el origen extranjero de la madre podía emplearse como un instrumento eficaz para desacreditar a un adversario, poniendo en cuestión su legitimidad ciudadana. Un ejemplo paradigmático lo constituye el caso de Demóstenes10, a quien sus enemigos intentaron desprestigiar alegando que su abuela materna era una escita “bárbara”. Dado que las mujeres respetables vivían recluidas en el espacio doméstico y rara vez eran mencionadas por su nombre en público, resultaba extremadamente difícil probar o refutar este tipo de acusaciones, lo que convertía el origen materno en un punto vulnerable de la identidad cívica masculina y en una amenaza constante para la seguridad jurídica del ciudadano.
Este control riguroso sobre la procedencia materna no fue, sin embargo, uniforme en todo el mundo griego ni constante a lo largo del tiempo. En Esparta, por ejemplo, se documentan casos de hijos nacidos de madres ilotas11 que eran criados junto a los ciudadanos plenos, aunque su estatus final dependía de su aceptación dentro del sistema educativo estatal, la agōgē, lo que revela una concepción distinta de la relación entre nacimiento, educación y pertenencia cívica. En los reinos helenísticos, y de manera particularmente clara en el Egipto ptolemaico, el etnocentrismo restrictivo característico de Atenas se vio notablemente atenuado12, permitiéndose y normalizándose el matrimonio mixto entre griegos y población local13, lo que redujo la importancia de la pureza del origen étnico materno como criterio de integración social y económica de los hijos.
Vida y madre
La participación de la madre en los rituales de nacimiento en la antigua Grecia se articulaba de manera central en torno a la purificación ritual y a la integración progresiva del recién nacido en el oikos, entendido como el núcleo religioso, social y simbólico de la familia. El parto no era concebido únicamente como un acontecimiento biológico, sino como un momento cargado de ambigüedad ritual que exigía una serie de prácticas destinadas a restaurar el equilibrio entre lo humano y lo divino.
En el instante mismo del alumbramiento, las mujeres que asistían a la parturienta expresaban el paso exitoso de la vida mediante un grito ritual conocido como ololugē14, una exclamación de júbilo que señalaba tanto la supervivencia de la madre como la llegada de un nuevo miembro potencial a la comunidad doméstica. De forma inmediata, se procedía además a la marcación simbólica del sexo del bebé mediante la decoración de la puerta de la casa, donde se colocaba una corona de olivo en el caso de los varones y un mechón de lana15 en el de las niñas, anticipando así, desde el umbral mismo del hogar, los roles sociales y productivos que se esperaban de cada uno.
Uno de los primeros momentos rituales en los que la madre ocupaba un lugar central era el de la purificación del miasma asociado al nacimiento. El parto se concebía como una fuente de contaminación ritual que afectaba tanto a la mujer como al recién nacido, por lo que ambos debían someterse a un baño ritual16 destinado a restablecer su pureza ante los dioses y permitir la reanudación ordenada de la vida doméstica. Esta purificación inicial no solo tenía una función religiosa, sino que marcaba el tránsito desde el estado liminal del nacimiento hacia una progresiva normalización de la existencia social.
El rito fundamental de incorporación era la anfidromía17, que tenía lugar generalmente entre el quinto y el séptimo día tras el parto y que constituía el momento decisivo de integración del niño en el oikos. En esta ceremonia, las mujeres que habían asistido al nacimiento se purificaban las manos y, portando al bebé, giraban alrededor del hogar, la fogata central de la casa que simbolizaba la continuidad del culto familiar18. Mediante este gesto circular, profundamente cargado de significado, el recién nacido era presentado a los dioses domésticos y reconocido formalmente como miembro del grupo familiar, quedando así vinculado al linaje y a las prácticas religiosas que definían la identidad del hogar.
Durante los días que precedían a este reconocimiento ritual, se abría un período que puede describirse como una fase de prueba, en la que la supervivencia del niño y su aceptación definitiva no estaban aún garantizadas. Aunque el padre, en su condición de kyrios19, conservaba el derecho legal de decidir si el recién nacido sería criado o expuesto20, la madre desempeñaba en este intervalo una función insustituible al proporcionar el cuidado físico y la protección indispensables para la vida del infante. La legitimación final se producía cuando el padre tomaba al niño en brazos, gesto que las fuentes modernas, como ha subrayado Nicole Loraux, interpretan como el acto mediante el cual los brazos paternos convierten al hijo en legítimo, sellando su pertenencia jurídica y simbólica al linaje.
La secuencia ritual culminaba habitualmente con la ceremonia de nombramiento, celebrada en torno al décimo día después del nacimiento. Esta festividad no solo otorgaba un nombre al infante, integrándolo plenamente en la red de parentesco y memoria familiar, sino que señalaba también el final oficial del estado de contaminación ritual de la madre, permitiéndole reintegrarse sin restricciones a sus funciones sociales y religiosas dentro de la comunidad.
En Esparta, estos rituales adoptaban una orientación más explícitamente pública y estatal, ya que la decisión sobre la crianza del recién nacido no recaía exclusivamente en el padre, sino que este debía presentar al niño ante los ancianos de la tribu21 para que evaluaran su vigor físico. En este contexto, la madre asumía un papel ideológico particular, orientado a fomentar una ética de fortaleza y valentía, llegando incluso, según las fuentes, a rechazar a aquellos hijos que no se ajustaban a los ideales corporales exigidos por la comunidad guerrera.
La anfidromía puede entenderse como una suerte de “bautismo doméstico de fuego”, en el que, mientras los hombres intervenían para validar la legalidad y la futura ciudadanía, eran las mujeres quienes, mediante el contacto físico, la purificación y el movimiento ritual alrededor del hogar, tejían simbólicamente al recién nacido dentro del entramado espiritual y afectivo de la familia, asegurando su inserción plena en el mundo humano y divino del oikos.
Muerte y madre
En la antigua Grecia, el papel de las madres y de las demás mujeres de la familia en los ritos de la muerte resultaba fundamental, ya que sobre ellas recaía la responsabilidad casi exclusiva de los cuidados físicos y emocionales del difunto22, un conjunto de prácticas tradicionalmente conocidas como ta nomizomena, es decir, los comportamientos considerados adecuados y socialmente prescritos ante la muerte. Estas funciones se desarrollaban principalmente en el ámbito doméstico y articulaban una dimensión ritual que, aunque subordinada en apariencia a las estructuras masculinas de la polis, constituía el núcleo efectivo de la experiencia funeraria.
Desde el momento mismo del fallecimiento, las mujeres de la familia, y de manera destacada la madre cuando esta estaba presente, asumían la preparación material del cuerpo, encargándose de bañarlo, ungirlo y vestirlo de acuerdo con las normas rituales23. Estas tareas se llevaban a cabo en el interior del hogar, un espacio culturalmente asociado a lo femenino, y requerían un conocimiento práctico del uso de aceites, perfumes y ungüentos que formaba parte del saber doméstico transmitido entre mujeres. La manipulación del cadáver no era una función marginal, sino una acción cargada de significado simbólico, pues a través de ella se aseguraba la purificación del cuerpo y su correcta transición desde el ámbito de los vivos al de los muertos.

Durante la prothesis2425, es decir, la exposición del cuerpo antes del entierro, las mujeres asumían el papel de dolientes principales y se convertían en las protagonistas visibles del ritual de duelo. Mediante una gestualidad codificada que incluía la elevación de los brazos, los golpes rituales en el pecho y la cabeza, y el desgarramiento del cabello26, expresaban públicamente el dolor por la pérdida, transformando la aflicción privada en un lenguaje corporal reconocible y socialmente inteligible. Estas manifestaciones no eran meros desbordamientos emocionales, sino actos rituales que conferían legitimidad al luto y honraban la memoria del difunto ante la comunidad.
A este protagonismo gestual se sumaba la interpretación de los lamentos fúnebres, conocidos como goos, que eran entonados por las madres y otras parientes femeninas. Estos cantos, frecuentemente improvisados y transmitidos de forma oral, articulaban la pérdida personal, evocaban la vida y las virtudes del fallecido y reforzaban el vínculo entre la memoria individual y la identidad familiar. En ellos, la voz materna adquiría un peso singular, pues condensaba tanto el sufrimiento íntimo como la legitimidad afectiva para narrar la ausencia.
Sin embargo, la intensidad emocional y el potencial de desorden social asociados a estas prácticas llevaron a las autoridades cívicas a intervenir mediante restricciones legales. En Atenas, las leyes atribuidas a Solón limitaron la participación en los funerales a las parientes femeninas más cercanas, generalmente hasta el grado de primos segundos, o a mujeres de edad avanzada27, y establecieron normas precisas sobre la sobriedad del ritual, regulando el número de vestimentas del difunto y la cantidad de comida y bebida permitida durante la procesión. Estas medidas reflejan la tensión entre el protagonismo femenino en el duelo y el intento masculino de la polis por contener y controlar sus expresiones públicas28.
Tras el entierro, el papel de las mujeres no se extinguía, sino que se prolongaba en el mantenimiento del culto a los muertos mediante visitas periódicas a la tumba, en las que realizaban ofrendas de alimentos, vino, aceite y guirnaldas29. Estas prácticas, más reguladas por la costumbre que por la ley escrita, resultaban esenciales para preservar la memoria del fallecido dentro de la unidad familiar y garantizar la continuidad del vínculo entre vivos y muertos, una función que recaía casi exclusivamente en manos femeninas.
Paradójicamente, pese a esta centralidad ritual en el ámbito privado, el papel de la madre biológica tendía a ser simbólicamente eclipsado en el espacio público, especialmente en los discursos fúnebres oficiales pronunciados en honor a los caídos por la ciudad30. En estos contextos, la figura materna era desplazada por la metáfora de la “madre patria” o de la tierra natal, presentada como la verdadera progenitora de los ciudadanos, lo que diluía la maternidad concreta en una abstracción política al servicio de la identidad cívica.
Los hombres se ocupaban de los aspectos legales, formales y públicos del funeral, como la procesión o ekphora, la madre se configuraba como el centro del ritual emocional y la principal responsable de la purificación, el cuidado y el honor del cuerpo del difunto dentro del espacio doméstico, desempeñando un papel indispensable para la elaboración social de la muerte en la Grecia antigua.
Tensiones míticas
En la antigua Grecia existieron tensiones profundas y estructurales entre la maternidad vivida en la experiencia social concreta y sus representaciones mitológicas, tensiones que se articularon en torno a una contradicción fundamental entre la función biológica indispensable de la madre para la reproducción del cuerpo cívico y una ideología predominantemente masculina que tendía a minimizar dicha función, a desplazarla simbólicamente o incluso a convertirla en una potencial amenaza para el orden social y político.
Una de las manifestaciones más claras de esta tensión se encuentra en el mito de la autoctonía31, especialmente desarrollado en el contexto ateniense, según el cual los ciudadanos afirmaban haber nacido directamente del suelo de la patria. Esta narrativa mitológica operaba como un mecanismo de negación simbólica de la maternidad humana, al presentar el origen del primer ciudadano, Erictonio32, no como resultado de un parto femenino, sino como un nacimiento de la tierra misma, encarnada en la figura de Gea y mediada por Atenea.
De este modo, el mito permitía eludir el hecho biológico del nacimiento y sustituirlo por una forma de maternidad trascendente y desexualizada, lo que facilitaba la legitimación del ciudadano como “hijo de la tierra” y excluía a las mujeres reales de la fundación simbólica de la polis. Esta operación ideológica alcanza una formulación extrema en la tragedia Euménides de Esquilo, donde se afirma explícitamente que la madre no es la verdadera progenitora, sino una mera nodriza o “enfermera” del germen depositado por el padre, reduciendo así su papel a una función pasiva y secundaria.

Otra dimensión de esta tensión se manifiesta en el contraste entre el ideal mitológico de la virginidad y la centralidad social de la maternidad real. Mientras que para las mujeres concretas la maternidad constituía su función social más relevante y el eje de su reconocimiento dentro del oikos, el panteón olímpico tendía a privilegiar figuras femeninas vírgenes, siendo Atenea el ejemplo paradigmático de este modelo imposible. Atenea actúa como una madre-nodriza que cría a Erictonio, pero rechaza de manera absoluta el parto y el matrimonio, configurando una forma de maternidad idealizada que se encuentra despojada de sexualidad y de corporeidad femenina. En contraposición, las diosas que sí encarnan la maternidad biológica, como Hera o Afrodita, suelen ser representadas en las fuentes como madres negligentes, celosas o destructivas, lo que refuerza una visión ambivalente y problemática de la maternidad cuando esta se asocia al deseo, al cuerpo y a la reproducción sexual.
La mitología griega proyecta asimismo una tensión constante entre la madre protectora del oikos y la figura arquetípica de la madre destructiva, encarnada en relatos de infanticidio que ocupan un lugar central en el imaginario trágico. Los mitos de personajes como Medea33 o Agave, que matan a sus propios hijos, expresan una ansiedad masculina profunda en torno al poder reproductivo femenino y a su potencial capacidad para subvertir el orden social desde dentro, destruyendo el linaje que la polis necesita preservar. En este sentido, la maternidad real, regulada por el matrimonio y encauzada dentro de las normas cívicas, se concebía como un proceso que debía ser cuidadosamente “domesticado”, mientras que el mito dramatizaba las consecuencias de un supuesto fracaso de ese control, transformando a la madre en una figura salvaje, irracional y asociada a una naturaleza opuesta a la cultura.
En el caso espartano, esta tensión adoptó una forma distinta, pues la maternidad no fue negada simbólicamente, sino integrada de manera casi total en el aparato ideológico del Estado. Allí, la maternidad se concebía como un auténtico servicio militar, en el que el valor de la madre no residía en el cuidado afectivo del hijo, sino en su capacidad para engendrar y ofrecer a la comunidad guerreros dispuestos a morir por la ciudad. Las madres espartanas llegaron a mitologizar su propio papel, afirmando que solo parían “hombres de verdad”, destinados al sacrificio, lo que implicaba una supresión deliberada del afecto personal en favor de la ideología militar y generaba vínculos emocionales marcados por una tensión extrema entre orgullo cívico y pérdida individual.
La tragedia asocia con frecuencia a estas madres con lo salvaje y lo liminal, proyectando en ellas el temor masculino a una feminidad no domesticada por el matrimonio. En Agave34, protagonista de Las Bacantes, esta ansiedad alcanza una expresión extrema cuando, bajo un frenesí dionisíaco, despedaza a su propio hijo Penteo, imagen que simboliza el miedo a que la mujer, liberada de los controles sociales, revierta a una ferocidad “bárbara” capaz de destruir tanto al hijo como al Estado. La madre destructiva aparece así como encarnación de una naturaleza que, si no es contenida, amenaza con erosionar los fundamentos mismos de la civilización.
A través de estas figuras, la tragedia explora de manera sistemática el conflicto entre el oikos y la polis, utilizando la maternidad como un espacio privilegiado para representar la tensión entre el mundo privado y el orden público. Una madre se vuelve “destructiva” cuando sus lealtades familiares o afectivas (como la venganza por un hijo muerto o la fidelidad a su linaje de origen) entran en colisión con las leyes y las decisiones de la ciudad, gobernadas por hombres. Este conflicto se hace visible de forma paradigmática en Antígona, cuya devoción familiar desafía la autoridad de Creonte y conduce a una crisis que pone en evidencia la fragilidad del orden político cuando este pretende anular por completo los vínculos primarios.
Periodo Helenístico
Durante el período helenístico, el rol de la madre experimentó una transformación significativa que supuso una mayor visibilidad pública, un incremento de la autonomía económica y un reconocimiento más explícito de su individualidad, alejándose progresivamente del ideal de invisibilidad doméstica característico de la época clásica. Este proceso estuvo estrechamente vinculado a la erosión de las estructuras tradicionales de la polis y al surgimiento de una nueva sensibilidad cultural orientada hacia el individualismo, la autorrealización y la búsqueda de la felicidad personal, factores que redefinieron las relaciones familiares y la posición social de las mujeres35.
Uno de los cambios más relevantes se produjo en el ámbito de la autonomía económica y la autoridad legal. A diferencia del período clásico, en el que las mujeres permanecían bajo la tutela permanente de un kyrios, las madres del mundo helenístico, especialmente en contextos como el Egipto ptolemaico36, adquirieron una capacidad jurídica notablemente ampliada. Las fuentes documentales muestran a mujeres actuando de manera autónoma como vendedoras, arrendadoras y receptoras de legados, gestionando bienes y propiedades sin necesidad de intermediación masculina37. En archivos familiares como el de Demetria38, madre de Dionisio, se observa cómo las viudas asumían la dirección efectiva de préstamos y negocios, ejerciendo una autoridad reconocida tanto por sus hijos adultos como por terceros, hasta el punto de convertirse en la voz principal del grupo familiar. Del mismo modo, figuras como Epicteta de Thera39 ilustran la capacidad de ciertas madres acomodadas para fundar instituciones funerarias legalmente constituidas, mediante las cuales aseguraban la continuidad del culto familiar, determinaban quiénes podían formar parte de la comunidad ritual incluidos hombres y mujeres y administraban patrimonios considerables con plena legitimidad.
Paralelamente, se produjo un reconocimiento más explícito del papel de la madre en la transmisión de identidad y capital social. Aunque la línea paterna continuó siendo un eje central de la filiación, el período helenístico permitió visibilizar de manera más abierta la influencia materna en la formación intelectual y social de los hijos. El prestigio profesional y cultural comenzó, en algunos casos, a transmitirse a través de la madre, como muestra el célebre ejemplo del entorno filosófico de Aristipo, cuya hija Arete40 educó a su propio hijo, quien pasó a ser conocido por el apelativo de metrodidaktos41, “enseñado por su madre”. Este reconocimiento se reflejó también en el uso creciente de matronímicos en la documentación egipcia, donde la identificación a través de la madre comenzó a aparecer sin el estigma de ilegitimidad que había caracterizado etapas anteriores.
El ámbito educativo y la vida pública constituyeron otro espacio de expansión del rol materno. El aumento de la alfabetización femenina permitió que las madres participaran de forma más activa en la educación intelectual de sus hijos, superando el modelo estrictamente doméstico de transmisión de habilidades prácticas. Asimismo, se abandonó progresivamente la reticencia clásica a mencionar en público el nombre de las mujeres respetables mientras vivían, de modo que en el período helenístico las madres aparecen identificadas por su nombre propio en documentos oficiales, inscripciones y textos literarios, lo que constituye un indicio claro de su mayor reconocimiento social.
Estos cambios se produjeron, no obstante, en un contexto de transformaciones demográficas y domésticas que alteraron profundamente la experiencia de la maternidad. Las tasas de natalidad descendieron de manera apreciable42, al tiempo que la supervivencia infantil se redujo de forma drástica, lo que incrementó previsiblemente la carga emocional asociada a la crianza y elevó el valor simbólico y afectivo de cada hijo que lograba sobrevivir. En regiones como Egipto, la maternidad se vio además inserta en nuevas configuraciones familiares, como el matrimonio entre hermanos con fines de consolidación patrimonial o la aceptación social de la bigamia, prácticas que habrían sido impensables o abiertamente rechazadas en el marco clásico de la polis. Tal y como señalamos en nuestro artículo sobre los estoicos, el cosmopolitismo hizo que el linaje dejase de ser prevalente43.
Honremos a nuestras madres
Para mí, la maternidad obró como una metamorfosis definitiva. Comprendí, de pronto, que no necesitaba grandes ambiciones ni pretensiones para acompañar a mis hijos en su crecimiento. Mi marido y yo elegimos retirarnos a un lugar apartado: pequeño, silencioso y casi inmóvil. Opté por no trabajar y mi vida comenzó a ser más sencilla y rutinaria. Trato de mantenerme presente y tranquila; a mirar cómo giran las estaciones. A saborear las pequeñas cosas, como el susurro de las hojas al caer lentamente, los grajos sobrevolando los campos al atardecer, el silencio profundo de la noche y del día, apenas quebrado por el paso lejano de un tractor. Ahora esos sonidos se acompañan de los gritos y risas de mis hijos, que hacen mucha compañía a un pueblo que se marchita y enmudece.
Cada mañana enseño a mis hijos a saludar y despedirse del sol, del río y de los árboles, agradeciendo su presencia en un nuevo día. Por la noche, le decimos buenas noches a las piedras, sabiendo que mañana seguirán allí, dispuestas a jugar una vez más. Me hace feliz hablar con los vecinos y escuchar cómo eran las cosas antaño, en verlos cuidar la tierra y preparar sus conservas para todo el año. Y me entristece pensar en que todo eso pueda desaparecer algún día cercano. Por eso intento reproducir cuanto está en mis manos. Así siento que el legado de mi familia no se muere, pese a que casi todos se vieron forzados a abandonar esta forma de vida.
¿Qué pensarían mis abuelos si vieran el mundo actual? Estoy segura de que se alegrarían al ver aún a unos niños correr por el pueblo. Y al comprobar que uno de sus hijos ha tenido el interés de cuidar aquel pequeño hogar que, con el tiempo, se ha transformado en un nuevo hogar para su nieta y sus bisnietos. El ciclo no se ha roto. Continúa. Y eso es, precisamente, lo que deseo que mis hijos comprendan. Tal vez solo con eso me sea suficiente.
En mi caso, y aunque quizás no deba ser el de todas, dejo que sea mi marido quien guíe a nuestros hijos en la dimensión más intelectual y aguerrida de la vida. Cada cual asume su función. Y yo la acepto con gratitud. De otro modo, sentiría demasiada presión. Y creo que es una de las cosas más bellas de formar una familia: abrazar el propio papel asignado por la naturaleza y engrandecerse dentro de él.
Todos podemos volver la mirada hacia nuestras madres, a sus aciertos y a sus errores. Pero lo que está claro es que gracias a ellas somos quienes somos. Gracias a ellas estamos aquí. No permitamos que el hilo invisible tejido a lo largo de innumerables generaciones se rompa. No consintamos que nadie nos diga que el Estado o el sexo opuesto pueden sustituir o transformar nuestra misión y figura. Ni que la familia, ni el amor que volcamos en ella, carecen de valor. Porque son insustituibles, absolutamente necesarios. Porque en ellos descansa la custodia del Orden Natural.
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