Religiosidad Nórdica, de Hans F. K Günther
Lecturas Recomendadas #1: Análisis de su propuesta cosmovisional y sus límites doctrinales.
Descubrí Religiosidad Nórdica en el ya lejano 2017, por mediación de un buen amigo. Su recomendación no fue casual: conocedor de mi fascinación por las tradiciones indoeuropeas, me animó a sumergirme en este ensayo de Hans F. K. Günther, profesor y teórico racial cuya sombra proyecta una influencia innegable en el pensamiento tradicional europeo del siglo XX. Así halló su camino hacia mi incipiente biblioteca este ensayo, probablemente el escrito más destacado del autor junto a su magistral Humanitas.
LEER A GÜNTHER HOY EN DÍA
Es importante precisar que, pese a lo que el título —editado en España por la editorial EAS— pudiera sugerir, el texto no se centra en la descripción o análisis de ritos y símbolos de la religión pagana nórdica. Por el contrario, Günther nos ofrece un compendio cosmovisional sobre el sentir del hombre de «raza nórdica» (término que el autor emplea en ocasiones como sinónimo de lo indoeuropeo) frente a lo sagrado, lo comunitario y lo estético. Todo ello, bajo el prisma comparativo de los pueblos que germinaron en la Urheimat indoeuropea originaria:
«En efecto, el título de esta versión castellana, La religiosidad nórdica, es más fiel al original alemán, Frömmigkeit nordischer Artung, que a la traducción italiana. [...] Este título refleja con mayor rigor el contenido de la obra, enmarcada en la concepción global de la cuestión indoeuropea propia de Günther, donde el factor “raza nórdica” desempeña un papel axial. Si bien ambos conceptos eran intercambiables en la mente del antropólogo alemán, la sustitución de términos en otras ediciones obedeció más a imperativos de la lógica política del momento que a una precisión conceptual».1
No obstante, el ensayo no está exento de aristas que exigen un examen crítico. Como se señala en el prólogo de la edición castellana, pese a su familiaridad con la obra de Georges Dumézil, Günther incurre en una llamativa negación de la «indoeuropeidad» de ciertas castas fundamentales, como los druidas celtas o los brahmanes indios. Para el autor, estas vías de contemplación y sacerdocio se alejarían de lo que él cataloga como el «sentir auténtico ario». En este punto, resulta justo señalar su perjudicial rigidez hermenéutica2, pues Günther cae en una simplificación reiterativa que limita las vastas potencialidades del tipo humano europeo a una forma muy concreta.
Incluso el propio nacionalsocialismo —del cual Günther fue arquitecto ideológico en materia racial— pretendió trascender esta dicotomía arquetípica entre el Cielo y la Tierra o el Sol y la Luna, abrazando ambos polos constitutivos de la manifestación3. Pues para quien aspira a habitar las profundidades de cualquier religiosidad de estirpe indoeuropea, la sangre y el espíritu, el instinto y el intelecto4, no deben comparecer como enemigos sino como elementos de una misma realidad sagrada y orgánica.
¿Pero qué motivos justifican, hoy, esta lectura? Su principal virtud reside en la capacidad de reactivar intuiciones, sentimientos y percepciones latentes en todo europeo espiritualmente sano: el anhelo por mimetizarse con su propia y arquetípica Forma primordial, la sed de proteger un Orden luminoso y eterno, y la búsqueda de la Belleza como eje rector de la existencia. En esencia, un abrazo decidido al Destino, con todas las consecuencias que ello implique.
FORMA, ORDEN, BELLEZA Y DESTINO
¿En qué consiste esa Forma imbuida de luz según Günther? El profesor sostiene que «La experiencia indoeuropea del alma se completa y se enriquece progresivamente a medida que el individuo madura, aunando una determinada naturaleza personal con la vivencia de la colaboración entre el Orden universal, la voluntad divina y el equilibrio interior»5. Un ser pleno de sí mismo, que rebosa voluntad de poder y que se halla en profunda sintonía con la armonía del cosmos. Es esta misma pulsión la que explica la fascinación contemporánea entre muchos de nosotros por la estatuaria de Arno Breker; sus figuras en mármol capturan la magnanimidad de las deidades griegas y los héroes germánicos, invitándonos a contemplar en nuestras propias potencialidades superiores.
Hablamos de un teomorfismo donde la elevación hacia los Dioses constituye el rasgo definitorio de toda humanidad noble. El hombre se convierte en el vehículo más noble para que la esencia inmortal ascienda hacia los Dioses, reconociendo en su fuero interno la capacidad de encarnar esa Forma eternamente libre y plena de sí.
En esta arquitectura cosmovisional, el Héroe ario convierte la reminiscencia o anamnesis platónica en el motor de su misión sagrada: reconocer a la Divinidad en sí mismo y ascender a planos de liberación ajenos al caos disolutivo del mundo de los sentidos. La Forma divina —Theîon eidos— emerge así como estandarte de virtud y eternidad frente al devenir contigente. Günther logra, quizá de forma involuntaria pero efectiva, reconciliar a Nietzsche con Platón6, operando una síntesis entre el Übermensch y el Eidos. Otro pilar fundamental de su propuesta es la visión de un Orden inmutable y proyectado sobre todos los elementos de la manifestación:
«Para el indoeuropeo, el mundo era un Orden fuera del tiempo, donde hombres y dioses cumplen su lugar, camino y misión. La idea de una creación ex nihilo es ajena a su espíritu; pertenece a la esfera oriental. [...] Aristóteles restauró la concepción auténtica indoeuropea: un universo sin principio ni fin, eterno y sin mudanza. Una eterna alternancia de mundos que nacen y mueren, como atestigua la grandiosidad del Völuspá en las Eddas»7.
Esta aproximación al Orden Cósmico, regido por el ritmo y la medida, nos resuena con la filosofía de un Heráclito de Éfeso. Su sentencia «el rayo gobierna todas las cosas»8 (tà pánta oiakízei keraunós) nos advierte de que el kosmos se estructura mediante el pyr aeizoon o «fuego eternamente viviente». Cuando el rayo (keraunos) interviene, este fuego y tensión se ordena en una soberanía coherente. Para Günther, luchar por este orden luminoso perfectamente tensionado y estructurado, es mantener encendida la antorcha de la excelencia interior: el hombre auténticamente europeo es aquel que, en mitad del conflicto entre opuestos, sostiene el ritmo y luz de su propia esencia:
«Los Dioses establecieron la medida de cada cosa y el fin de los hombres sobre la tierra, dispensadora de vida»: así se dice en la Odisea (XVII, 592-593), donde resuena una vez más el motivo de un Orden divino del mundo, cuyos ecos se encuentran en «La Visión de la Adivina» de la Edda Mayor.»9
Asimismo, la Belleza en su acepción platónica —esto es, como principio ontológico y epistemológico— irrumpe con vigor en la cosmovisión que plantea el autor:
«Entre los pensadores griegos y romanos tardíos el concepto de la Verdad podía trasmutarse con facilidad en el de la Belleza y de la Bondad y viceversa. Alétheia podía significar tanto la verdad conceptual como la sinceridad moral y en la kalokagathía, un concepto exquisitamente selectivo, en la idea de la eugéneia, la idea de la selección de una especie superior, estaban estrechamente unidas prestancia, belleza y virtud…
Los sabios arios, hasta el Banquete platónico, concibieron la Verdad, la Belleza y la Bondad como valores que, más allá de los datos de la experiencia sensible, nos permiten percibir lo divino, el brahman, el das Gott, aquel espíritu divino que, como amor hacia la verdad, permite al hombre alcanzar el conocimiento.»10
En nuestra actualidad posmoderna, solemos confinar la belleza al arbitrio de la opinión personal o al utilitarismo del consumo. No obstante, para el genio griego, la Belleza (con mayúsculas) constituye la expresión sensible de la Verdad. Contemplar un paisaje desbordante de esplendor o un acto de heroísmo, no es un suceso baladí: es la señal de que aún conservamos nuestra sensibilidad ante lo sagrado. La Belleza opera aquí como un faro que señala un Orden y un propósito superior. Cultivar lo bello en el pensamiento, en el cuerpo y en la acción representa, en última instancia, un ejercicio de teúrgia —unión con lo divino— y de kalokagathía: la síntesis indisoluble de la estética y la ética.
Günther es muy tajante: aquel que propone y defiende una «belleza subjetiva», yerra o miente deliberadamente. Existe solo una Belleza y esta es aquella que trasluce el orden divino en el plano manifestado o, dicho de otro modo, aquella que se halla menos opacada por el velo de la ilusión. Un objeto es bello por derecho propio, pues establece una comunicación directa entre la teofanía del mundo y el propio corazón humano, con independencia de cómo los sentidos procesen su geometría o color. La Belleza emerge, en definitiva, como la senda legada por los Dioses para que el hombre no olvide su origen.
Continuando con el ensayo, resulta imposible desgranar la Religiosidad Nórdica sin atender a un concepto axial en la propuesta de Günther: el Destino. Sobre él, el autor afirma:
«La fortaleza del espíritu ario [...] está en la profunda alegría ante el destino, en el embate entre la finitud del hombre y la infinitud de los Dioses. Nietzsche ha llamado a esta alegría amor fati. Será precisamente bajo los golpes del destino cuando los nobles ejemplares de la estirpe aria sentirán que la divinidad les prepara un gran destino en el que deberán reafirmarse a sí mismos».11
Para Günther, el destino se erige en el eje sobre el cual orbita la existencia del hombre europeo. Es a través de la acción desapegada y límpida como se ejerce un libre albedrío que, no obstante, permanece siempre supeditado al Ørlög. Este término del nórdico antiguo se compone del prefijo ór- (lo primordial, lo original) y lög (ley, lo que está puesto o estrato); su significado literal remite a «la capa primordial», «lo que está puesto desde el principio» o «la ley fundamental».
Esta estructura no opera como una fatalidad abstracta, sino como la arquitectura ontológica que determina las posibilidades del devenir. Abrazar el Ørlög implica reconocer el marco inmutable sobre el cual se teje el tiempo: la herencia de la sangre, la tierra de los ancestros y el orden natural de las cosas.
En esta cosmovisión se afirma una conciencia autónoma donde el destino es, simultáneamente, fuerza trascendente y proceso de Gestaltung o «creación de forma». Una síntesis de libertad y heroísmo desapegado, capaz de discernir y distanciarse del «yo» contingente para fundirse con el Ørlög. Así, el ethos no refleja un resultado del azar, sino de la lealtad a la naturaleza incondicionada del cosmos:
«Para el ario religiosidad también era la voluntad de mostrar, en medio de toda fatalidad, ante a los Dioses-amigos, toda la bravura y la excelencia de quien pertenece a una raza noble y de estar más inamoviblemente firme y al mismo tiempo rebosante de divina certeza, cuanto más terriblemente se abatiese la catástrofe sobre él. Es precisamente a los mejores a quienes los Dioses exigen que den buena prueba de sí mismos ante el Destino.»12
EL HÉROE EN EL CORAZÓN
Antes de terminar esta reseña, es obligatorio subrayar la honda capacidad transformadora que este libro ha ejercido en quien escribe. La lectura de este ensayo marcó un antes y un después para mí, pues rescató un fulgor antiguo y poderoso ocultado en mi propio ser durante toda mi vida. Hans F. K. Günther logra transmitir lo que Santiago de Andrés describe magistralmente en el prólogo: «un ansia por la forma, por la idea, por algo que se perdiera en las lejanías de los orígenes y que lucha eternamente por no perderse, por no fundirse, por no abandonarse y desparecer.»13
Es en esta sed de luz y de forma, ensombrecida por las brumas de la podredumbre y decadencia actuales, donde el libro alcanza su máxima potencia. Para quien no haya sido corrompido interiormente, los arquetipos y valores de honor, nobleza, coraje, distancia y jerarquía que describe Günther, dejan de ser palabras para tornarse en principios éticos y ontológicos.
Al cerrar sus páginas y casi sin darse cuenta, el lector advertirá que no todo es feo ni irreparable. Y lo que lo parece, tan solo forma parte del camino iniciático de restauración que debe recorrer el «héroe indoeuropeo» latente en su propio corazón. Luchar por el Ørlög, abrazar el Destino y transmutarse en la Forma Bella, es la senda que Günther nos señala a todos los europeos.
«Sé que pendí del árbol que el viento mece / Nueve noches enteras, / Herido por la lanza, / al dios ofrecido en sacrificio / Yo mismo a mí mismo... / Del árbol del que todos ignoran / De cuales raíces crece. /
No me ofrecieron pan, no me ofrecieron bebida, / Hacia lo profundo dirigí mi mirada / Alcé las runas, las alcé entre gemidos: / Entonces me sentí liberado del árbol»14
De Andrés, S. (2017). Religiosidad nórdica [introducción de la obra de H. F. K. Günther]. En H. F. K. Günther, Religiosidad nórdica (Ediciones EAS).
La hermenéutica es el arte o la disciplina de interpretar textos, discursos y símbolos para descubrir su verdadero significado. Su nombre proviene del griego hermeneuein (”interpretar” o “explicar”) y se asocia mitológicamente con Hermes, el mensajero de los dioses.
Rimbotti, L. L. (2025). Dionisos en el III Reich. Ediciones EAS.
Rimbotti, L. L. (2025). La revolución pagana. Ediciones EAS.
Günther, H. F. K. (2017). Religiosidad nórdica. Ediciones EAS.
Desde nuestra perspectiva no hay nada que recuperar.
Günther, H. F. K. (2017). Religiosidad nórdica. Ediciones EAS.
τὰ πάντα οἰακίζει κεραυνός, fragmento 22 B64.
Günther, H. F. K. (2017). Religiosidad nórdica. Ediciones EAS.
Günther, H. F. K. (2017). Religiosidad nórdica. Ediciones EAS.
Günther, H. F. K. (2017). Religiosidad nórdica. Ediciones EAS.
Günther, H. F. K. (2017). Religiosidad nórdica. Ediciones EAS.
De Andrés, S. (2017). Religiosidad nórdica [introducción a la obra de H. F. K. Günther]. En H. F. K. Günther, Religiosidad nórdica (Ediciones EAS).
Anónimo. (ca. s. XIII). Hávamál. En Edda Mayor (Religiosidad nórdica. Ediciones EAS).





